Narco

Narco era perro viejo. Vivió los años de plomo en primera línea de fuego. Había hecho la puta mili en el Sáhara, justo antes de aquella espantada de Franco. Y ahora disfrutaba de sus últimos años de servicio al Cuerpo de la Guardia Civil en su amada Teruel.

Su nombre en realidad era Narciso José Ramón Bescansa Camión, pero todos en la sierra de Albarracín le llamaban cariñosamente Narco. No porque se dedicase a la lucha contra el narcotráfico, sino porque había desarrollado el trastorno de narcolepsia.

Por eso, antes que la prejubilación, a la que Narco se negaba por completo, los altos mandos decidieron enviarle a un lugar tranquilo como era Teruel.

Allí podría seguir ejerciendo sin problema su labor de seguridad y protección sin poner en riesgo su vida ni la de los ciudadanos. Algún robo de gallinas por aquí, otro acto vandálico contra la fuente del Torico de Teruel por allá, era todo lo que podía sufrir en su actividad diaria. A veces ni llegaba al lugar de los hechos, ya que se quedaba dormido conduciendo y chocaba (a poca velocidad, claro) contra un arbusto.

Al final tuvo que dejar a sus compañeros que condujesen por él. Solían ser cachorros recién salidos de la academia y él, entre siesta y siesta, les contaba sus historietas de guerra y lucha armada. Para quitarle hierro a su asunto, se compraba siempre un bote de Monster; decía que era como su jarabe para estar fino filipino. Ojalá lo hubiesen vendido mucho antes, se lamentaba.

El único efecto que conseguía eran los gases que desprendía cuando se quedaba dormido dentro del coche patrulla. Su compañero tenía que bajar las ventanillas para no ahogarse. Era un contratiempo, pues en Teruel hacía frío en cualquier época del año. Pedía a sus compañeros cuando iban de patrulla canciones de Sabina si estaba fresco, porque, decía, “aunque sea un rojo, sabe lo que es la pólvora”.

Le faltaba un día para jubilarse cuando recibió el aviso para cubrir una incidencia en el cruce entre Cuenca y Teruel, bloqueando la carretera N-420. Un camión con tráiler que cargaba un rebaño de ovejas había volcado en mitad de la calzada. Las ovejas estaban desorientadas, y la cola de tráfico llegaba hasta Albacete. Un rastro de pacas de heno estaba esparcido por la carretera, por lo que era peligroso, pues en cualquier momento podía prenderse con la gasolina que vertía el camión y podía ocasionar una explosión.

Al llegar allí, vieron al conductor, un búlgaro afincado en Talavera de la Reina que tenía el encargo de trasladar la mercancía a un matadero del sur de Francia. Pero estaba fuera de sí; daba vueltas con un mechero entre las manos y fumando, sin ser consciente del peligro que existía. Narco y su compañero intentaron calmarlo, pidieron refuerzos y acordonaron la zona para esclarecer la causa de los hechos. Los domingueros afectados acabaron saliendo de sus coches para cabrearse o poner la silla y comer picnic en el lugar accidentado.

El búlgaro apenas pronunciaba bien las palabras, debía llevar pocos años en el país. Se le entendía algo así como que estaba extenuado, que no podía dormir desde hacía unos días por un asunto familiar. Y por eso dio un volantazo que hizo arrastrar el camión varios metros por el arcén. En confidencia, Narco se le acercó sigiloso para darle un consejo que le valdría para el resto de su vida. “Imagine que su camión es su familia. Como habrá observado, su conducta ha hecho empeorar las cosas como estaban.

De modo que, a partir de ahora, lo que debe hacer es no soltar el volante mientras continúe la marcha, no haga giros bruscos, conduzca con suavidad, y seguro que al final todos los problemas llegarán a buen puerto y tendrán solución. Porque la vida es eso, tratar de no precipitarse ante cualquier evento, no despeñarse por acción propia.

Así que, ya sabe, llame a su familia, arreglen sus problemas. Y, por favor, descanse, les vendrá bien a sus problemas. Se lo dice alguien que tiene problemas para luchar contra el sueño crónico. Ahí se acabó todo, porque Narco no pudo evitar dormirse en ese preciso momento. Justo cuando uno de los biliosos domingueros se encendió un puro y lanzó la cerilla al aire.